miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Suboficial


El barrio limita con Monte Chingolo. Las calles pavimentadas están abandonadas, los charcos de agua, perennes, tienen el color de café sucio y amargo, los arbolitos de las veredas, famélicos, compiten con hierbas robustas.
Una fábrica que utiliza plomo como insumo principal envía las aguas servidas al zanjón, hacia el norte, se elaboran alfajores y masitas. Todos los mediodías se mezclan olores ácidos, con aromas dulces y muy a menudo la atmósfera tiene una pátina de grasa vacuna.
A la tardecita, grupos de jóvenes merodean las esquinas. Marcan territorio. Con sus camisetas de clubes preferidos saltan charcos e intercambian objetos.
La costumbre de sentarse en la vereda se perdió definitivamente. En los patios, las familias suelen alimentar a más de tres perros. Allí radica el problema.
Julián, el sargento de la bonaerense, no soporta esta situación.
Su vecino, el verdulero, Pepe, no entiende razones. Julián, al principio, para febrero, pacientemente le explicó, que sus cinco perros, un dogo, dos vulgares, un salchicha y el inquieto “lassie”, no le permite dormir plácidamente, por las noches.
Su dormitorio limita con el patio de Pepe. Allí, los guardianes juegan, rascan la pared y ladran con fruición. El macho “lassie”,  Junco, es nervioso, en las noches de tormenta ladra interminables horas. Junco mantiene su liderazgo, marca su reloj biológico, a partir de las cuatro de la madrugada, los otros le siguen. Los ladridos pueden perforar cualquier oído medio.
Esa tarde el pampero sucio cubría con su espesa nubosidad todo el Gran Buenos Aires, y la totalidad del río de La Plata.
Julián compra papas y cebollas.
-         Espero, Pepe, que esta noche encierres tus bichos. El Servicio Meteorológico pronosticó lluvias por dos días y Junco no se detiene ante nada.
-         Vamos a ver…
-         Te repito, por favor, guárdalos, por favor…
-         Es que me comen la puerta de la cocina…
-         Cámbiala…
-         Es que sale cara, y el negocio no factura…
-         Hace un año que no puedo dormir bien…

Y llovió tres días consecutivos. Junco y su pandilla ladraron puntualmente.
Pepe condujo su Escort noventa y tres hasta la avenida principal. Deseaba llegar a capital para sacar entradas en el Luna Park. En quince días se reeditaba el show de los “Cinco Latinos”, su grupo amado.

Al pasar el puente, un control de la bonaerense, le pidió hasta el último papel. No pagó el seguro del automóvil. Debía tres meses.
El teniente afirmó:
-         Me tiene que acompañar, su situación no está en regla. No es robado este Escort?
-         Robado?...lo compré hace dos años, en Avellaneda.
-         No consta.

Cerraron el auto, pero las llaves no funcionaban.
-Espere teniente, no puedo dejar el auto así, me lo van a robar…
-No se preocupe, lo vigilamos…
- No, no…

La comisaría en la esquina, con ventanas despintadas tenía un aspecto de abandono.
-         Espere aquí.

Pasan quince minutos, veinte. Lo mueven a una pequeña habitación, con una Remington arcaica, en una mesita oxidada.
Repentinamente, un cabo se acerca y  venda los ojos.

-         Pero que mierda hace?
-         Los voy a denunciar, ya.
-         Vamos a jugar a la gallinita ciega…je, je.

Pasean a Pepe, por el patio, amplio y con autos viejos, luego lo trasladan a un sótano.

-         Bueno, acá está.
-         Bueno, bueno…

Lo dejan semidesnudo. El boxer tiene su parte anterior deteriorada. Pepe comienza a marearse.
Bajan otras escaleras, doblan a la izquierda, luego a la derecha, descienden cinco peldaños, se introducen en una mazmorra.
El nicho mide dos metros por cuarenta y cinco centímetros, es de cemento empotrado en una entrada secreta.
Lo introdujeron allí. Pepe no ofrece resistencia. Enmudece. Drena unas gotas de fétido olor. Lo tiran al piso, y el cabo toma sus pies y Julián la cabeza. Entra muy justo, como una sardina en aceite.
Cierran la puerta de madera, con respiradero.
Pepe, turbado, pierde la conciencia. Respira muy lentamente.
Dormita, hiberna.
Al despertarse, grita sin límites, grita y llora.
Pierde la noción del tiempo…cuántas horas pasaron?
Está cubierto de orines, caca y sudor. Pero sigue respirando.
El olor a moho y exudados se vuelve insostenible.
En las entrañas del edificio, Pepe pierde de a ratos los hitos de racionalidad.
-El kilo de papas vale dos pesos…sí..sí…la zanahoria tres…el ciruelo mendocino aumentó, seis….los kiwis los vendo por unidad….sí, sí…
Las extremidades sufren repentinas convulsiones. No controla esos eléctricos impulsos.
Percibe ruidos muy cercanos. A través de la máscara una luz se agranda.
-         Estás vivo, pelotudo.
-         Un señor te va a decir algo…

Lo extraen del nichito, le dan vueltas. Alcanza a expulsar un vómito con detritus de las medialunas.
-         Agua, por favor, agua…
-         Conoces mi voz, no?
-         Soy Julián, tu vecino, y no te lo repetiré nunca más. Que esos putos perros no me jodan más!!
-         Nunca más…nunca más…Si me denuncias regresas aquí por tiempo indeterminado. Tu autito es robado, no?
-         Sabes como lo descubrimos?
-         Tu pasado monto reapareció, miembro relevante de la columna Norte, amiguito de Gallo, especialista en caños, hoy vendedor de alcauciles…aprendiste el oficio de ladrón de autos en los setenta, no?

Pepe, desorientado y pálido mira el cielo con nubarrones, sube al Escort y trata de localizar la avenida principal.
- Dónde está Monte Chingolo?...

R.L.

No hay comentarios:

Publicar un comentario