jueves, 29 de diciembre de 2011

Problemáticas actuales de las ciencias sociales


a-     
La modernidad posee un carácter multidimensional que ha sido retratado ampliamente por la sociología clásica. Analice dichas dimensiones considerando las contribuciones de Marx, Weber y Durkheim realizaron sobre cada una de éstas.


A partir del siglo XVII el influjo mundial de la Modernidad es notable. Giddens es contundente al respecto. Esa Primera Modernidad, parafraseando a U. Beck, construye un contenedor del espacio que son los Estados-nación. Las instituciones sociales modernas desarticularon las modalidades tradicionales del orden social. El impacto se caracterizó por su intensidad y extensión. La ciencia trata de constituirse como objetiva, la moral universal,  la ley y el arte autónomos.
La celeridad del cambio no tuvo precedentes. Esa peculiaridad de la Modernidad le imprimió desde sus orígenes un carácter multidimensional. Giddens es explícito: la Modernidad es multidimensional institucionalmente. Ese orden social que eclosiona es capitalista, tanto en su sistema económico como en la diversidad de las instituciones.

Portantiero (2005) detecta la problemática de la Modernidad al relacionarla con el “estallido” de una nueva civilización, “la civilización burguesa y su forma histórica, la sociedad capitalista”.
En consonancia con Lipovetsky (1995), esta Modernidad permite el andamiaje  del proceso de personalización, que evolucionará significativamente en Occidente hasta la emergencia del neonarcisismo actual.

Darek Sayer (1994) asegura que la emergencia del capitalismo da lugar a formas distintivas y novedosas de asociación, además “de nuevas clases de subjetividad individual”. Son formas de sociabilidad que se conciben a partir del mercado y el Estado.
Sayer, rescata al gran poeta Baudelaire, quien retrató inteligentemente, lo contingente y efímero de la Modernidad.
Robert Nisbet (1977) da cuenta que la Modernidad permite la liberación de las tradiciones y del lazo social. El ethos del individualismo recrea una visión del orden social basado en los intereses racionales. Habermas (1984) esboza que la Modernidad implica una ruptura con lo antiguo.

Esta introducción permite reflejar los rasgos de la Modernidad que los autores contemporáneos aprehenden de los Padres Fundadores: capitalismo, industrialismo, Estado-nación, nuevo marco institucional, racionalidad, procesos de individualización, neo-formas de sociabilidad, contingencia, cambio, conflictos, lazo social, orden. Categorías analíticas de gran riqueza para comprender el funcionamiento de una sociedad compleja (Occidente) en constante mutación.


La clásica aseveración de Marx y Engels “todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” es relevante para sintetizar la enorme turbulencia de una época que cuestiona lo viejo e impone otras lógicas para las relaciones sociales y los objetos engendrados hacia dentro del sistema. El capitalismo es la “luz general” que baña el sistema.

La concepción de un mundo binario (burguesía-proletariado) concede intrínsicamente un núcleo de cambio, cuyo mascarón de proa es la revolucionaria burguesía que destraba toda rémora que impida el libre desplazamiento de hombres y mercancías; pero ese metamorfosis social reproducirá la clase proletaria que acabará con la hegemonía burguesa. Más allá de la vulgata marxista, esta dialéctica brinda enormes posibilidades para interpretar un espacio social sujeto a conflictos, delimitando actores sociales y discursos nacientes. También asigna el aspecto siniestro de la Modernidad: la expoliación, alienación, bestialización de las relaciones humanas. Las consecuencias degradantes del trabajo industrial moderno.

La mercantilización del hombre y la ruptura de antiguas realidades sociales. La cosificación del sujeto. En Manuscritos Económicos y Filosóficos (Giddens, 1994. El capitalismo y la moderna teoría social), Marx afirma: “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”

La modernidad marxiana, libera al campesino embrutecido de sus ancestrales ataduras, o como Hobsbawm (1998) explícita de la “estrechez de miras”. Marx rescata la acción revolucionaria del proceso de  urbanización liderado por la oligarquía mercantil que proyecta dinamismo a las relaciones sociales. Expresa la visión histórica del desarrollo de las sociedades (Hobsbawm, 1998) y “la forma específica de la sociedad burguesa”.

Anticipa las transformaciones de las ciudades, familias y comercio mundial. Identifica Modernidad con expansión comercial y mundialización.  Un gran acierto.
Pero desconoce el rol del género y el deterioro de los recursos naturales y el ambiente, fenómenos que la Modernidad multiplicó.

La Modernidad propicia en términos marxianos, el origen de los actores colectivos, análisis que Emilio De Ipola destaca en el trabajo “El eterno retorno” (2005), teniendo como punto de inicio la aseveración del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte: “los hombres hacen su propia historia pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y han sido legadas por el pasado”. La Modernidad abre procesos de descomposición y recomposición social, dotando a los actores sociales de capacidades reflexivas. De alguna manera, la capacidad agencial giddensiana es tributaria de esta concepción. El índole reflexivo de la Modernidad, donde las prácticas sociales son examinadas y reformuladas permanentemente.

Marx celebra la Modernidad manifestando que lo único constante de la sociedad moderna es el cambio: “el capitalismo desgarra sin piedad los heterogéneos lazos feudales que unen al hombre con sus superiores naturales…”

Para Marx, “la burguesía engendró el Estado Moderno”, configurando un entramado institucional al servicio de la clase dominante (burguesía), reproduciendo las desigualdades de clases. Ese modo de producción (sistema capitalista) desarrolló un complejo institucional (la superestructura) a partir del cual, la burguesía legitimaría sus objetivos. La Modernidad consolida los Estados-nación a través de su aparato militar y fiscal.  La fértil línea de investigación que despertó esta cosmovisión del Estado recaló en Gramsci y los neomarxianos que observaron la cuestión de la “autonomía relativa del Estado”.

También, esa burguesía, al amparo del Estado, logra explotar los recursos naturales de manera exhaustiva, para instaurar “instatu nascendi” las manufacturas, “una obra de arte económica”, según Marx.
Marx no enfatizó adecuadamente, sobre la expoliación irracional de los recursos naturales, la Modernidad originó una degradación ambiental in crescendo, que no fue detectada adecuadamente por los Padres Fundadores.

Asimismo, el conflicto interestatal, que engendró una industria bélica voluminosa, no figuró como prioridades en la agenda de observación social.
La Modernidad es inestabilidad y crisis sistémica. Conlleva procesos dinámicos que afectan todas las dimensiones de la sociedad y a la autonomización de los campos.

En esa topología bipolar, la disolución de las “clases en transición”, alimentaría un proletariado que reemplazaría el status revolucionario de la burguesía, disolviendo las ataduras del capital.
En síntesis, Marx, profetizó que a partir de la praxis revolucionaria se agudizará el proceso de secularización vectorizado por el capital como demiurgo del mundo moderno.

La metáfora goetheana “el mal del infinito” sugiere una filiación con el desencanto de la vida que Max Weber deduce de la emergencia de la Modernidad. La teoría de la racionalización de las conductas sociales y del desarrollo del “self” (Bauman y May; Sociología, 2007), infieren fenómenos relacionados con la progresiva expulsión de la magia, el avance de la laicidad y la secularización del poder político.

Cómo paráfrasis del discurso marxiano, Weber elucubra que la conducta social (racional) de determinados grupos y sectas protestantes (calvinistas, hugonotes, baptistas, anabaptistas),  fieles a la “doctrina de la predestinación”, y honrando a la “beruf”; dieron origen al sistema capitalista. Una consecuencia no deseada de la acción social.  (La ética protestante y el origen del capitalismo, Editorial Istmo, 1999).

La Modernidad webereana esta ligada a una religiosidad estrictamente racional, ascética, que propulsó un temprana y peculiar morfología individual.
La racionalidad penetra todos los ámbitos de la sociedad. El uso del reloj (fin siglo XVIII) es un fenómeno que tiene parentesco directo con la eficiencia y el cálculo.

El tiempo retratado por Weber, en la Etica Protestante, a través de las premisas de Benjamín Franklin, permite dilucidar esa lógica, impregnada de una racionalidad que limitaba la lectura, el teatro y el esparcimiento. El tiempo es válido en la medida que acompañe una actitud ascética de las conductas, que permita a los elegidos llegar al cielo. Se racionaliza la conducta en base a la idea de profesión (Giddens (1994), El capitalismo  la moderna teoría social).

Weber augura un progresivo aumento de la racionalidad científica con su consecuente división del trabajo mental y manual. Raymond Aron, asevera: “la ciencia tiene un sentido aunque lleve al mundo a perder su encanto”.

La racionalidad de tipo técnico-formal, alimenta los procesos de burocratización, constituyendo  esa “máquina inanimada”, o “autoridad impersonal”, que es un producto peculiar y relevante de la Modernidad. La eficiencia de la organización burocrática rutiniza las conductas y las hace previsibles, calculables. Lasch acota: la burocracia, una red intrincada de relaciones interpersonales, erosiona las formas de autoridad patriarcal y debilita el Superyo social, representado por los símbolos de autoridad: padres, maestros, iglesias.

La socialización creciente significa inexorablemente expansión de la burocratización. Se observa que los fenómenos de burocratización y socialización conllevan dos formas de racionalidad contradictorias, la formal y la sustantiva.  Weber tejió una mirada escéptica sobre la convivencia de procesos modernos que ineluctablemente reproducen profundas tensiones entre democracia y burocracia. Entre libertad de acción y concentración del poder, en la toma de decisiones. El problema del orden legítimo.

La democracia moderna creaba una forma de dominación del tipo (ideal) racional-legal (normas impersonales de autoridad), que se apartaba de las formas tradicionales y carismáticas de dominio.

Parafraseando a Portantiero y De Ipola, Weber propone  la reconstrucción de un sistema apuntalado sobre un pacto de organizaciones que permita compensar  la burocracia, partidos políticos y grupos de interés (racionalidad formal) con la institución presidencialista de tipo carismática (racionalidad sustantiva). Una propuesta sumamente actual, en períodos donde la democracia latinoamericana suele estar jaqueada por intereses corporativos y crecientemente populistas. Se trata de un doble control, hacia el  avance de la burocracia y  del cesarismo carismático.

Weber pone énfasis en el “locus classicus” de la Modernidad, las metrópolis, donde los procesos urbanos dan cuenta del desarrollo del capitalismo y las instituciones burocráticas que ordenan el territorio y la vida general. Así el Estado desarrolla sus tentáculos territoriales y es la única institución que detenta el monopolio absoluto de la violencia. Como señala Aron, la preocupación inmediata de Weber fue la reconstrucción de la política y del Estado. En “Escritos Políticos”, Weber rescata el carácter histórico del Estado y lo asimila a una empresa (Di Tella y Luchini (1998). Fundamentos de Sociología, página 185).

Las implicancias nihilistas y nietzcheanas de Weber, se observan  en la expresión “Dios ha muerto cada cual elige su propio Dios, que tal vez, será un demonio”. Da cuenta de los sistemas de valores opuestos y divergentes, la denominada “guerra de los dioses”. La antinomia entre las reglas de la moral formal y las exigencias de la acción política. Acciones sociales racionales tributarias del orden democrático burgués y de la amplia burocratización de las organizaciones, origina la metáfora weberiana “la jaula de hierro”, tan cara a la modernidad. Esa burocracia expansiva deterioraría la creatividad y la autonomía individual. Un politeísmo de valores refuerza la Modernidad weberiana.

La teoría de la acción y sus tipos ideales ha permitido categorizar conductas sociales determinando racionalidades en juego.

Para Durkheim, la industrialización, como fenómeno nuclear de la Modernidad, rompe los lazos estamentales, acelera los procesos de individualización y división social del trabajo. Estos cambios profundos generan asimetrías sociales y situaciones patológicas. Recuérdese, que Durkheim, estaba muy preocupado por el devenir  de la Tercera República Francesa. Desde allí, rescata la función del Estado y de las corporaciones, en la estructuración del orden social.

La rápida urbanización e industrialización desarticuló el complejo normativo, provocando situaciones de desorden e inconsistencias morales. Tan angustiado como Saint Simon por la nueva realidad (la presunta disolución del Estado), Durkheim destaca que la nueva moralidad que regirá el orden no puede sostenerse en la institución religiosa (Iglesia Católica), tan fundante de las sociedades tradicionales europeas, caracterizadas por una división del trabajo social menos diferenciado. La religión como “cemento” social, en la época de las manufacturas, perdió plasticidad.

 Para Durkhiem, el Derecho, al igual que Weber, cumple una función indelegable en la reconstitución del orden y en la solución de las incongruencias emergentes de la neo división del trabajo social. En particular el derecho restitutivo. Nótese, que en la División del Trabajo Social (Durkheim),  destaca que en las sociedades tradicionales, el derecho punitivo era prioritario para mantener el ordenamiento estamental.

La industria como vector lábil reconstruye los mercados, desestabilizando la trama social, situación dialéctica que refuerza la división social del trabajo, y en otro flanco debilita las viejas solidaridades.

Durkheim confiaba en la evolución del industrialismo para establecer cierta armonía y satisfacción en la vida social. Daba cuenta, de la sinérgica combinación entre la división del trabajo social y el individualismo moral.
No obstante, el trabajo industrial moderno era degradante y monótono. Aquí puede observarse ciertas similitudes entre Durkheim, Weber y Marx. ¿Esta situación disparaba procesos anómicos?

Las instituciones modernas fueron impactadas por la industrialización. La circulación del dinero en el capitalismo industrial se convierte en una institución hiper-dinámica, que desagrega colectivos. Ante esta situación Durkheim, previó que la nueva adherencia social, debía partir de las corporaciones e instituciones, creadoras de normas-morales. Incluye al Estado.

Las metáforas de cuño biologicista, tan típicas en la D. del T. S., rastrean las funciones de las instituciones que otorgarán equilibrio al oscilante orden social emergente del carácter magmático de la Revolución Industrial.  El abanico corporativo anularía la situación patológica, recuperando la salud del sistema social.

Los guardianes durkheimianos del orden social, sustancia de la Modernidad, son el Derecho y el laicisismo. Los caminos revolucionarios son incompatibles con esta cosmovisión.

A propósito del Estado, para Durkheim, no es asimilable como ente administrativo, sino que “es el órgano mismo del pensamiento social.”
Es el encargado de elaborar determinadas representaciones que tienen valor para la colectividad: “El Estado piensa”. El Estado durkheimiano promueve instancias liberadoras que aseguran la individuación y destraban las ligazones arcaicas de tipo territorial (clanes, familias, colectividades).

Para amortiguar la acción estatal, es necesario propulsar los grupos secundarios de tipo profesional, las corporaciones. Un neocorporativismo de los tiempos industriales que lubrique la división social del trabajo y forje moral.

La fuerza del industrialismo coligada a la matriz liberal, expande la división del trabajo social y debilita la “conciencia colectiva”, originando situaciones de socialización imperfecta. Emerge una peculiar individualidad.



b-     Marx y Weber adoptaron al capitalismo moderno como principal objeto de sus preocupaciones intelectuales. Sin embargo, la lectura que ambos ofrecen de ese objeto difiere en ciertos aspectos sustantivos. Desarrolle los rasgos solicitados de cada enfoque y sus límites y potencialidades para anticipar el devenir de la sociedad capitalista moderna.


Marx detectó tempranamente la energía disolvente del sistema capitalista. Su efecto revolucionario sobre las estructuras sociales. Los aportes novedosos (para el siglo XIX), analizados en la Teoría del Plusvalor y la concomitante Teoría de la Crisis, proveyó un instrumental vigoroso para que autores de la talla de  Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi, realicen aportes estratégicos respecto al funcionamiento del capitalismo y las particularidades de la acumulación global. Recuérdese la propuesta de la “economía mundo” (Wallerstein) y el trabajo “El largo siglo XX” de Arrighi (G. Arrighi (1999). El largo siglo XX. Akal. Barcelona).

El capitalismo como modo de producción engendra relaciones sociales donde sobresalen los conflictos de clase. La topología binaria (burguesía-proletariado) es el nódulo de las confrontaciones que empujan las transformaciones del sistema. El capitalismo moderno no es tributario del comercio o el ahorro, el origen es la producción generalizada de mercancías sobre la base del trabajo asalariado. El trabajo es “la sustancia del valor”.  El obrero abrió las puertas al consumidor.

La aseveración marxiana “todos los actos económicos son relaciones sociales”, fue retomada por Pierre Bourdieu, en la interesante obra sobre la industria de la construcción en Francia (“La estructura social de la economía”).

Los caracteres de la “acumulación originaria” del sistema capitalista basados en la expoliación (esclavitud) y el pillaje (de bienes comunales, de la iglesia, recursos naturales), diferenció a Marx, de los economistas clásicos (Smith y Ricardo), cuya base se asentaba en el ahorro.

El geógrafo inglés David Harvey, reactualiza el concepto de acumulación originaria, en el siglo XXI, por “acumulación por desposesión”, dando cuenta de la explotación exacerbada e irracional de los recursos naturales y humanos. Es la nueva remercantilización de la naturaleza y de las acciones humanas en la globalización neoliberal. Nótese, que Marx y Engels, en el “Manifiesto Comunista”, anticiparon las consecuencias de la mundialización del capital.

Arrighi (1999) desarrolla su teoría sobre la acumulación global del capital, anticipada por Marx, en sincronía con la reproducción ampliada (DMD’), sugiriendo una etapa de perfil material (DM) y otra de sobreacumulación financiera (MD y DD’), además de inferir las causas de las crisis sistémicas. La acumulación global es hegemonizada por un Estado que controla militar y financieramente la fisiología del sistema. Génova, Holanda, Gran Bretaña y EEUU,  hegemones que dirigieron la acumulación desde el origen del capitalismo mercantil. Las peculiares crisis del sistema capitalista conllevan a etapas de transición hegemónica que finalizan con un nuevo liderazgo mundial.

A diferencia de Marx, Arrighi, inspirado en Braudel, sostiene que la flexibilidad del capitalismo permite construir nuevas hegemonías, consensuadas, en términos gramscianos, e impulsar la autoreproducción.   

Con la desarticulación del feudalismo, emerge el trabajador libre y el capitalismo mercantil desarrolla sus tentáculos desde las dinámicas economías de las ciudades-Estado italianas (Florencia, Génova, Milán y Venecia), véase “La Ideología alemana”. Es un sistema que crea tecnologías como la contabilidad de partida doble, el clearing bancario y las altas finanzas. La “superestructura ideológica” es producto del modo de producción.

La categoría “modos de producción” permite comprender al sistema y sus imbricaciones. Los regulacionistas marxianos franceses (Boyer), construyeron los conceptos “regímenes de acumulación y  “modos de regulación”,  para advertir las formas del complejo jurídico-institucional que regula el capital en su devenir. Indispensable para elucubrar el funcionamiento del capitalismo fordo-keynesiano hasta la globalización. Descubrir la filiación entre modos de producción y modos de regulación. El patrón de acumulación fordista consolida la afirmación de Marx que el capital tiende a centralizarse y concentrarse.

El carácter revolucionario de la burguesía que moldea el Estado e imprime la arquitectura al mercado nacional, disparó líneas de investigación, que discuten la autonomía o la dependencia del Estado de la clase dominante. El concepto “autonomía relativa del Estado”, es útil para inferir las relaciones entre Estado y capitalismo. Recuérdese las investigaciones de Offe y O’Connor, donde dan cuenta que la contradicción central del capitalismo radica en la apropiación privada y la producción socializada. La politización y crisis de la acumulación se traslada al interior del Estado. (Víctor R. Fernández (2001). Estrategias de desarrollo y transformación estatal. UNL. Santa Fe)
Los cientistas sociales ponen en duda esa absoluta capacidad de la burguesía para manipular los resortes del Estado.

“La caída de la tasa de ganancia”, es un concepto de raigambre ricardiana, que induce la reflexión sobre las migraciones del capital, de un sector económico a otro, o de la producción de mercancías a la especulación financiera. El deterioro de la tasa de retorno acicatea el conflicto entre el capital y el trabajo. La elite capitalista reconstruye los modos de regulación para mejorar la plusvalía, agudizándose el conflicto de clases. En ese escenario se multiplica el “ejército de reserva”, el lumpenproletariado resurge, hoy la underclass de Giddens, (Sociología, 1999. Alianza Editorial. Madrid); o la masa marginal de Nun (J. Nun (2003) Marginalidad y exclusión social FCE. Buenos Aires).

El conflicto arrastra la relocalización del capital a escala global.  Marx observó que el avance del capitalismo es sincrónico con las articulaciones comerciales internacionales.
Una fuerza que reorienta los territorios y moderniza el arcaico espacio rural.

Categorías como “capital variable” y “capital constante” son útiles para entender las dialécticas relaciones entre el trabajo y las máquinas-tecnología, operaciones que el capital utiliza para  agudizar la obtención de plusvalía. Marx asevera: “la burguesía no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción, vale decir las relaciones de producción”.

Así, en períodos donde se reemplaza la máquina por el trabajador, se incrementa la desocupación, el empleo precario y la marginalidad. La clase dominante trata de manipular la tecno-burocracia estatal, universalizando el discurso hegemónico y demonizando el Estado. Algo de esto se notó en Argentina a partir de 1976.

Además, Marx, marcó el flanco oscuro de la Modernidad capitalista a través de la mercantilización de la interacción humana. La “enajenación” es un concepto adecuado para resignificar la situación del trabajador en la fábrica y su vinculación con el propietario y la mercancía. “La manufactura inscribe la dominación del capital en el cuerpo mismo de los trabajadores”.

En el firmamento de la ciencia se fortalece el análisis marxiano del capital y se debilita su impronta en la praxis política. El capital es el dios creador y ordenador del mundo.

Para Weber el capitalismo moderno se diferencia del aventurero, por sus particularidades inherentes a la racionalidad. El capitalismo reproduce organizaciones burocráticas tanto en el marco de la circulación de las mercancías y el dinero, como en el soporte institucional político.

Cómo se puntualizó, el capitalismo moderno-racional evoluciona a partir de la dimensión religiosa que afecta la conducta social de las comunidades que honran la profesión. Las sectas protestantes permitieron la acumulación de bienes. La riqueza no es castigada, como sucede en el colectivo católico.

La “doctrina de la predestinación” es el marco teórico fundante, afirmando que pocos son los “elegidos” que ocuparán un lugar en el cielo. Para ubicarse en el lugar celestial hay que trabajar duramente, acumular, es el camino para honrar a Dios. Estas conductas racionales (calculables y eficientes) construyeron el capitalismo, diferenciándolo de estadios anteriores donde el aventurerismo delimitaba sus caracteres.


Las colonias anglosajonas en América marcaban el paradigma weberiano. Recuérdese, que Weber realizó un recorrido por EEUU. El ethos protestante desarrolló el capitalismo moderno.  Es producto del trabajo y el ahorro. Una diferencia notable con la lógica de acumulación marxiana, donde se destaca la rapiña y la muerte.

El orden capitalista está atenazado con el trabajo y las organizaciones burocráticas. La empresa necesita del cálculo, el reloj y el control de la producción. La administración del tiempo es indisoluble de la nueva racionalidad emergente. El Protestantismo desarrolló una reglamentación elevada de la conducta, superior al catolicismo. La relajación y la diversión, como asevera Giddens, son cercenadas de las rutinas cotidianas. El factor religioso se introdujo en todos los intersticios de la vida.

El capitalismo promueve racionalidades que permean los intersticios societales. La racionalidad formal (instrumental) caracteriza el sistema. El tipo ideal: racionalidad de acuerdo a fines y valores es el arquetipo de la acción social. Concomitantemente, un tipo de dominación racional-legal reemplaza a la tradicional;   R. Aron esboza que la dominación tradicional finaliza con el advenimiento de la Revolución Francesa. Sólo dentro del capitalismo moderno se encuentran organizaciones-burocráticas (tipo ideal) donde se observen: actividades administrativas definidas, ámbitos de competencia de los funcionarios; jerarquía de puestos; selección de los responsables de acuerdo a la acreditación de diplomas o exámenes.

El Estado capitalista moderno es dependiente de la burocracia para reproducirse. En la misma tónica los “partidos políticos de masas” sufren un notable proceso de burocratización. La consolidación del mercado nacional y su imbricación con la economía global, estimula la trama burocrática. Las instituciones engendradas proveen seguridad al sistema, permitiendo agilidad, rapidez, eficiencia y seguridad. No obstante, Weber, infirió que la sombra de la organización burocrática opacaría la dinámica de la democracia, la observada “jaula de hierro”, esa peculiar racionalidad tecnocrática, tan cara para los Estados actuales. Discrepó con Michels, aduciendo que la democracia realmente ha tenido un efecto nivelador positivo, si se comparan sociedades contemporáneas con Estados burocratizados de la antigüedad (Egipto Roma). (Giddens (1994) El capitalismo y la moderna teoría social. Labor. Barcelona. Página 294).

Giddens destaca cierto pesimismo weberiano al reflexionar sobre la burocracia expansiva que coartaba y fagocitaba la creatividad individual. La extensión de la burocracia en el capitalismo moderno es producto de la racionalización de la industria, del derecho y de la política.

Destáquese, que en simbiosis con la racionalidad social, se acoplan los ámbitos diferenciados de racionalización cultural (ciencia, arte y ético-jurídico) y de racionalización de la personalidad. Léase Habermas.

Los aportes seminales a la teoría del Estado han permitido comprender sus funciones, identificando el monopolio de la coerción circunscripto a determinado territorio.

Esa obligación disciplinada del trabajo como deber ineluctable (Protestantismo ascético) construye la morfología del capitalismo moderno. Se acentúan la desmagización del mundo.

Desde su tesis doctoral, Weber se preocupó por la naturaleza de la empresa capitalista y su desarrollo. Cuando analizó el capitalismo agrario romano dio cuenta de los indicios (economía monetaria) que darían origen al capitalismo moderno (Giddens (1994) El capitalismo y la moderna teoría social. Labor. Barcelona; página 208).

También investigó el funcionamiento de las Bolsas y la dinámica del capital financiero. Aquí enfatiza que  la Bolsa, no es exclusivamente especulación sino que dota al sistema económico una fibra indispensable, la planificación y la gestión racional.

El sistema capitalista desarrolla un aumento de la racionalidad científica y su concomitante división del trabajo intelectual y manual. Portantiero destaca que esta situación promueve el “desencantamiento del mundo”, aseveración paradigmática weberiana. Aron agrega: “las ciencias históricas despoetizan”.

Desde otra óptica, M. Maffesoli, afirma la dimensión lúdica y onírica de la tecnología, manifestando que Internet “re-encanta nuestra existencia”. Se asiste a un retorno de lo emocional. La técnica que contribuyó al desencantamiento del mundo  permitirá la repatriación del goce (re-encantamiento).

El capitalismo es el vector fundamental de transmisión de la racionalidad secular. Entrelazó Estado y mercado. Weber reconoció que el capitalismo se desarrolló a partir de:

·        La existencia de una gran masa de trabajadores asalariados, libres y obligados a vender su fuerza.

·        Ausencia de limitaciones en el intercambio comercial, con la eliminación de monopolios estamentales.

·        El uso de tecnología racional: mecanización.

·        Separación entre economía doméstica y la empresa productiva.

Obsérvese algunas coincidencias con el análisis marxiano.

A propósito Weber explicita, que una sociedad socialista conlleva una división del trabajo y un proceso de burocratización ampliado, pues el Estado multiplicaría sus funciones.

Parafraseando a Giddens, la sociedad occidental presenta una antinomia intrínseca entre la racionalidad formal y la de contenido; antinomia irresuelta, cuando Weber analiza el capitalismo moderno.


c)- A partir de los trabajos de Durkheim la literatura sociológica cuenta con una versión original sobre los vínculos entre individualismo y solidaridad social en la sociedad industrial moderna.
Reconstruya las hipótesis del sociólogo francés sobre este vínculo e indague los diferentes abordajes que el tema suscitó en la sociología posterior.


Portantiero sugiere que la cuestión de la División Social del Trabajo (DST), desarrollada en su tesis doctoral, fue expuesta con anterioridad por Montesquieu. La reflexión durkheimiana permite agudizar los vínculos entre el tipo de sociedad y la solidaridad social que se construye en dicho contexto.

En  sociedades tradicionales, con escasa diferenciación de la división del trabajo, la solidaridad mecánica, refleja la trama moral societal, esa “conciencia colectiva” que envuelve al individuo.  Los procesos de individuación son limitados.
El vínculo moral entre el individuo y la sociedad es profundo. Durkheim expresa: “esta unión a una cosa que sobrepasa al individuo, esta subordinación de los intereses particulares al interés general, es la fuente misma de toda actividad moral” (La división del trabajo social. Tomo I. Editorial Planeta. Barcelona. 1985. Página 17).

La moral es el mínimum indispensable, lo estrictamente necesario, el pan cotidiano, sin el cual las sociedades no pueden vivir. (La D.T. S. Tomo I. Página 60)

El cemento colectivo, de tipo religioso, cohesiona a los miembros de la comunidad imponiéndoles severas restricciones en sus rutinas cotidianas.
Nótese, las prohibiciones que destaca Durkheim, en la División del Trabajo Social, referidas a los griegos. Por ejemplo, rebajar el vino con agua, dejarse la barba o anular su uso. “La vida en común es atrayente al mismo tiempo que coercitiva. Sin dudas que la coacción es necesaria para conducir al hombre a superarse a sí mismo” (La DST. Tomo I. Página 18).


En las sociedades primitivas, el derecho punitivo está muy desarrollado. Durkheim, realiza esas observaciones, aduciendo que en las sociedades modernas, el derecho penal es reemplazado por innumerables códigos y leyes de carácter restitutivo.


Se puede también, a través del derecho, puntualizar exhaustivos límites entre las sociedades arcaicas o tradicionales, y las sociedades donde la división del trabajo social está muy extendida.
El derecho penal es una marca fundante, en las sociedades, donde la solidaridad mecánica es relevante. El desapego a la tradición es castigada con rigurosidad. No cumplir normas o mores, conlleva a una despiadada pena.

Recuérdese, la siniestra descripción que realiza Michel Foucault (Foucault (2004). Vigilar y castigar) en Francia del siglo XVIII, al penalizar públicamente a un parricida, o cortar la mano de una joven sirvienta que robó un pedazo de casimir, en la casa de la señora burguesa. Durkheim en la D.S T., da cuenta de numerosos ejemplos  originados en la Ley de las Doce Tablas, Pentateuco y código de Hamurabi.
 
Estas sociedades exacerban el uso de normas punitivas para evitar el quiebre del orden social y la herejía del regicidio.

Durkheim dio cuenta de las funciones morales de la “conciencia colectiva” para conservar el orden y amalgamar a sus miembros. Ese orden social está inscripto en el orden natural.

Así, observa Darek Sayer, el individuo no se pertenece a sí mismo, éste es una cosa a disposición de la sociedad. Parafraseando a Portantiero, uno de los caracteres sobresalientes de las sociedades modernas es la disolución de la identidad entre lo público y lo privado.

La ruptura del lazo social era una de las preocupaciones durkheimianas. El despegue de los procesos de individuación a partir de la Revolución Francesa, y de la industrialización del siglo XIX, originaron cambios de envergadura. Migraciones, urbanización, inestabilidad política, falta de integración del individuo a la sociedad se presentaron ante Durkheim, como fenómenos, “el hecho social” que debía analizarse.

El industrialismo fue la cadena de distribución que movilizó la división social del trabajo. El individuo apegado a su sociedad resquebrajó vínculos a favor de su subjetividad. Es la hora de la “conciencia individual”.

El concepto de anomia da cuenta de esa socialización incompleta, inacabada, tan propia de épocas donde la matriz económica, llámese capitalismo, desajusta viejas estructuras de anclaje individual. La división del trabajo provoca erosión social. Durkheim reconoce el conflicto de clases que se desarrolla entre el capital y el trabajo asalariado.

Emerge la paradoja durkheimiana, en sociedades donde la solidaridad orgánica prevalece. Esa profunda división social del trabajo  da volumen a los procesos de individuación, transforma la “conciencia colectiva”, pero esa situación crea una enorme dependencia del individuo del conjunto, del sistema. La Modernidad crea un individuo dependiente sujeto a incertidumbre.

Las normas y valores se desplazan, la ausencia de regulación da cuenta de anomia aguda y abre las puertas al suicidio. La anomia económica construye sociedades inseguras. La falta de normativa moral caracteriza a las relaciones económicas.

La función del derecho contractual-restitutivo no es suficiente para neutralizar procesos de cambio social en la “modernidad agitada”. Los desajustes son constantes.
En la sociedad industrial la falta de reglamentación en los contratos conlleva al crónico conflicto de clases. La formación de las relaciones contractuales tiende a estar determinada por la imposición del poder coercitivo. A esta situación Durkheim la denomina “división forzada del trabajo”. La solidaridad orgánica se ve afectada si una clase impone sus deseos a otra.

Sólo pueden prevenirse estos conflictos si la división del trabajo se coordina con la distribución de talentos y capacidades y si una clase privilegiada no monopoliza las funciones más altas. (Giddens, El capitalismo y la moderna teoría social. Página 149).

Durkheim apela a las instituciones, al Estado y a las corporaciones profesionales para “restaurar” el orden perdido, para suprimir los estados patológicos derivados de la dinámica división social del trabajo.

Ese corporativismo pos-liberal esta facultado para construir sociedad. El trabajo es el sedimento indispensable para reelaborar la solidaridad orgánica propia de las versátiles relaciones económicas.

Los cambios en la infraestructura social permitieron la metamorfosis de la solidaridad mecánica hacia el tipo orgánico.

Hoy, la exacerbación de la individualidad permite la emergencia “de la década del yo”, según Lasch, observándose un narcisismo peligroso, que olvida el pasado y pierde interés en el futuro.

La declinación del marco instituyente alienta el “superyo”. La notable preocupación durkheimiana por la acción floculante de las instituciones pierde dinamismo en un contexto donde la abulia política, la desconfianza hacia el Estado y la sociedad beckeana del riesgo, disgregan diariamente las funciones reguladoras e instituyentes.

Lipovetsky advierte: la Segunda Revolución Individualista promovió el consumo y la personalidad hedonista. En el camino quedaron la política y las ideologías.
Este fenómeno induce a la desestabilización de la personalidad, y engendra depresión y vacío interior.

La vuelta a Durkheim, da lugar a la reflexión sobre las instituciones y sus funciones.
El dilema de asegurar  individuación evitando abusos por parte del Estado, es un cuestionamiento prioritario en estas épocas. También el rol de las corporaciones económicas.

El análisis del cambio social impulsado por el fenómeno tecno-industrial, con ausencia de trabajo y  génesis de patologías asociadas, es hoy una preocupación de índole durkheimiana. La ruptura del lazo social caracteriza a las sociedades latinoamericanas.

Emilio De Ipola afirma (La crisis del lazo social. Durkheim, cien años después. 2001. Eudeba, Página 7.): “sabemos que Durkheim buscó ahondar en las razones de la insolidaridad reinante y propuso remedios para ella”. Nótese la situación social y política de Francia, en el período de la Tercera República.

De Ipola rescata otro Durkheim que trasciende el conocido partidario de las asociaciones profesionales. Es el Durkheim preocupado por la ausencia de “representaciones colectivas coaligantes”.  Sociedades que degluten el cemento social, la moralidad coadyuvante. La identidad se debilita.

La sociología surge entonces como una teoría del lazo social y su crisis consecuente.
Durkhiem propuso modelos para enfrentar esa disolución de la cohesión social. ¿Cómo reconstituir la solidaridad social?

Durkheim marca el tránsito del contractualismo clásico, individualista al neocorporativismo  basado en el pacto entre el Estado y las organizaciones sociales (De Ipola, 2001. Página 52).  

En sociedades donde el trabajo es un recurso escaso, recuérdese el discurso de Robert Castel, la solidaridad orgánica sufre una profunda erosión debilitando el tejido social y provocando nuevas patologías.

Reinventar el lazo social hoy, tarea gigantesca, en un escenario donde el Estado Social o de Providencia colapsó y las instituciones de vuelco corporativo, llámese sindicatos, están fuertemente cuestionadas por una ciudadanía ávida de libertades y expresiones democráticas.

Pensar en la reconstitución de la solidaridad, requiere ante todo un diagnóstico más complejo y amplio que el de hace un siglo (De Ipola. La crisis del lazo social. Página 59).
La actual crisis marca un punto de inflexión decisivo en la aprehensión de lo social, que había prevalecido hasta algunas décadas atrás. 

Hoy emergen múltiples identidades, algunas etéreas y lábiles; otras pétreas, pero todas ellas irreductibles a las identidades tradicionales. Parafraseando a De Ipola, “se deben crear formas inéditas de solidaridad y buscar modalidades originales de recomposición del tejido social”.

En “Lecciones de sociología”, Durkheim, afirma, “El Estado no es para sí mismo el antagonista del individuo. El individualismo sólo es posible gracias a él.
¿El Estado Mínimo puede asegurar los procesos de individuación?
Los Estados-nación tironeados por el neoliberalismo han perdido capacidades agenciales que refuerzan el individualismo.

Ese Estado que en otros períodos liberó al individuo de ancestrales ataduras y de tiranías corporativas, hoy con magros procesos instituyentes, reduce la socialización y liberan nuevas formas de asociación con variadas moralidades. Origina grupos disímiles, de vuelco neo-tribal, desgajados del influjo estatal. Véase Maffesoli.

Es un Estado que no puede, desde la concepción durkheimiana, penetrar a todos los grupos secundarios (familia, corporación, iglesia, etc.) neutralizando lógicas corporativas. Es notable la mirada superadora del utilitarismo anglosajón.

Así expresa: …”Los derechos individuales están en evolución: progresan sin cesar y no es posible imponerles un límite que no deban superar. Lo que ayer no parecía más que un lujo, se convertirá mañana en un derecho. La tarea que incumbe al Estado es, entonces, ilimitada”. 
“Todo hace prever que nos volveremos más sensibles a todo lo que concierne a la personalidad humana”.

Para Durkhiem, la individualidad moral es producto del Estado. Este rescata al individuo de la sociedad.

Aseveraciones que profetizaban la génesis de los derechos individuales, desde los civiles y políticos, hasta los sociales, culturales y de género. 
Este gradiente de derechos fue posible gracias a la acción pivotante de las estructuras estatales.

Al resquebrajarse el Estado, la actividad moral de éste se meteoriza. Y la moral se construye a través de la disciplina que emana de ese poder. En consecuencia las sociedades están sujetas a conmociones, paroxismos, flujos magmáticos que la distorsionan.

Nótese la centralidad del pensamiento durkheimiano. Promueve un Estado que desempeñe funciones económicas y morales. El Estado no es superior a la sociedad, ni tampoco una mera carga parasitaria, infiere Giddens (1994), en Capitalismo y la moderna teoría social.

Reflexionando sobre Durkheim, Ricardo Sidicaro se preguntaba: ¿existe la sociedad argentina? (Seminario Sociología Política, Facultad Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad Nacional del Litoral, marzo 2003).
  
La ampliación de la individualidad en tiempos de cambio  provoca situaciones patológicas como el suicidio. El suicidio  egoísta es producto de sociedades donde la regulación se ha flexibilizado. Se vincula con el “culto al individualismo” que el protestantismo ha impulsado desde sus orígenes.

En épocas “de perturbación moral” se disparan  procesos anómicos que  promueven un ascenso súbito de la curva de suicidios (El suicidio). Incluye el suicidio vinculado a la anomia conyugal, al incremento del divorcio. También esboza la permanente mutación de los patrones morales.

El suicidio anómico procede cuando las actividades están desorganizadas y los individuos sufren con ello. Seguramente este suicidio y el suicidio egoísta no dejan de estar emparentados.
“Uno y otro se deben a que la sociedad no está suficientemente presente en los individuos”.

La religión ejerce una disciplina constante que predispone al individuo a aceptar la normativa colectiva. Con el capitalismo industrial la religión diluye su influjo dando paso a valores económicos que disparan el individualismo extremo y toda fuente de inmoralidad. Esta sedimentación, escasamente proclive a toda reglamentación moral, caracteriza a sectores industriales y comerciales. En las antípodas se sitúa el “suicidio   altruista”, natural a las sociedades tradicionales, donde el individuo tiene la obligación de morir por el colectivo.

Durkheim, en definitiva, estaba hondamente preocupado por lo que Touraine expresa como el fenómeno de “desinstitucionalización” propio de la desmodernización. La desaparición “de los juicios de normalidad que se aplicaban a las conductas regidas por instituciones”. Se suma la “desocialización” que empuja la desaparición de los roles, normas y valores que construían el mundo vivido. La despolitización es también desocialización.

Sennett explicita la incertidumbre individual y la lenta deriva de la vida interior y emocional. Situación que se expande con el capitalismo en su fase desorganizada. El posfordismo,  (capitalismo de la acumulación flexible) desagrega el colectivo, profundizando los procesos anómicos. La inestabilidad constante pone en continuo riesgo el lazo social. Como esboza J. Alexander, estas situaciones, solidifican la estirpe clásica de Durkheim.


Roberto Leonardi

Esperanza: Jóvenes y Esperanza

La encuesta se realizó en octubre de 2009, se contactó a treinta jóvenes entre 14 y 21 años, ubicados en distintos espacios de Esperanza (La Orilla, Alborada, Centro, Oeste y  Sur).

El 93,40 % del colectivo no terminó el nivel medio (Poliomodal), el 23,33% abandonó el cursado del primario. El 46,66% tiene el secundario incompleto.
El 56,66% trabaja en: albañilería (26,60%), lavadero de autos (10%), carpinterías (10%), el resto en taller de motos y de mecánica del automóvil, carbonería, pintor.
El 86,60% está involucrado en hechos delictivos, desagregándose de la siguiente forma:
  • Robos : 23,33%
  • Robos de bicicletas: 23,33%
  • Robos a locales y negocios:13,33%
  • Robos a kioscos: 6,66%
  • Robos de motos: 6,66%
  • Peleas y riñas: 6,66%
  • Robo de casa: 3,33%

Se observa una variedad de delitos que comprometen a estos jóvenes en ilícitos de distinta gravedad. Se configura una subcultura particular, en una ciudad intermedia donde los procesos anómicos no han sido frecuentes.

Llama la atención la variedad de núcleos convivenciales (14) que estructuran la vida cotidiana de estos adolescentes. Uno vive sólo; otro con papá; con abuelos y tíos; con mamá y abuelos; con papá y abuelos; con mamá; con papá y hermanos; con abuelos y tíos; con papá, hermanos y novia.
La familia nuclear representa el 25% del colectivo. Se destaca, con el mismo porcentaje las familias constituidas por mamá y hermanos.
En el 43,33% de los núcleos convivenciales está ausente el padre, desdibujándose las formas que la sociedad tiene de la familia tradicional.
Sin dudas, la familia típica (nuclear) en determinados ámbitos sociales está desagregada. Es reemplazada por múltiples morfologías convivenciales.
Obsérvese, que casi el 60% de los encuestados trabajan como empleados (95%) en un contexto de precariedad laboral. Vincúlese, este fenómeno con las acotadas habilidades adquiridas en la educación sistemática, y que el 94% no finalizó la educación media. Es un mito que los delincuentes precoces son ciento por ciento desocupados, y que la laboriosidad aniquila la tendencia al raterismo.

Esta subcultura urbana, extendida en todos los espacios, no valora la educación formal como eje del desarrollo personal. El futuro no interesa para el 95% de los encuestados, sólo un individuo que terminó el nivel medio, adujo que le gustaría estudiar una carrera terciaria (profesorado en educación física).
Con respecto a la profesión deseada en un futuro:
  • 20% jugador de fútbol.
  • 3,33% policía-
  • 3,33% cantante de cumbia.
  • 3,33% conforme con el trabajo.
  • 70%  afirmó: “no pienso en eso”; “nada”; “no sé”; “nunca lo pienso”.



En estos entornos sociales la conducta transgresora, crea un patrón de identidad que conlleva diversos consumos (alcohol, drogas, deportes, vestimenta, divertimentos) construyendo un estilo de vida peculiar. El trabajo o el estudio no proveen identidad colectiva.
La escuela ha perdido su rol de constitución de valores y creencias, además de soporte de movilidad social ascendente. Las instituciones familia y Estado son famélicas a la hora de provocar un agregado integrador al tejido social.

Esta subcultura recrea su patrón identitario, en tiempos de ocio, en Plaza San Martín, concurre el 80% de los entrevistados y en el Parque de la Colonización, un 56.66%. Allí consumen bebidas alcohólicas (100%) y música. Allí aceitan su red de sociabilidad.

Estas acciones de la cotidianidad los separan de la cultura convencional.

Su sistema de valores está muy cerca de la llamada “cumbia villera”, el 96.66% del colectivo adujo deleitarse con “Damas Gratis” y “Grupo Cali”, un joven optó por Rolling Stone (finalizó el polimodal). “Damas Gratis” marca las preferencias. Nótese, que las letras de éstos tiene una jerga que asimila el argot carcelario y legitimiza el uso de drogas.
La música representa con bastante fidelidad algunos aspectos del sistema de creencias de esta subcultura delictiva. Así esboza Daniel Míguez (2008): “si bien la violencia, la actitud agresiva, y el énfasis en la genitalidad, forman una parte importante, el afecto, la armonía, y la camaradería “, también ocupan lugares relevantes.

El 50% consume drogas, algunos aseveran:” no me alegra, pero lo hago”, o “cuándo tengo plata”. Los jóvenes que frecuentan la droga están íntimamente relacionados con los robos (de casa, locales, de moto y celulares) y con el uso de armas (navajas, cuchillos, revólveres 22 y 38). El 95% de este grupo no reza.
Un 10% del colectivo se vincula con los estupefacientes eventualmente.

Con respecto al uso de armas: el 46,66 % aseveró que no utiliza, un 10% que se vale de navajas; un 13,33% “cualquier arma le viene bien”, un 10% prefiere un revólver calibre 38 y un 3% un revólver 22.

Un 80% prefiere la cerveza como bebida, en segundo lugar el  Fernet con Coca.

Desde el punto de vista del sistema de valores y creencias, el 83,33% afirmó que no reza, sólo el 10% lo hace al Gauchito Gil y el 6,66% a la Virgen de Guadalupe. Obsérvese el desapego a pautas propias de la conducta convencional y el divorcio con las instituciones religiosas. Recuérdese, que el 5% de los jóvenes argentinos concurren habitualmente a misa.

El 83,40% se manifestó a favor de los tatuajes. Las preferencias son: “cara de mis viejos”; “nombre de mi hijo”; “Maradona”; “Jesucristo”; “un tribal”; “Cinco puntos”, “Calavera”; “rosario”, “ahijado”.

El 43,30% usa el “rosario” para obtener suerte en la vida diaria, y porque es una práctica común en estos grupos etarios. Otros “por antojo”, “por onda”, “lo uso por usar”. En Argentina, el 52% de los jóvenes cree en Dios, aunque no concurran a misa y no expongan su religiosidad.

El fútbol es el deporte elegido, un 76.60% se declara practicante, mientras que un 6,66% se inclina por el boxeo. Otros aseveran: “el deporte es para chetos”; “prefiero la vagancia”. Se desdeñaron otras actividades como tenis, basketball, polo, rugby.
Los jóvenes suelen vestirse con camisetas de sus clubes preferidos. Un estilo de vida muy común en el conurbano bonaerense.
Desconocen marcas de ropa: Legacy, Wrangler, Ralph Laurent, Lee, Levy, Cacharel, Kevingstone. Algunos esbozaron “qué es eso?”. Registraron marcas de zapatillas y ropa deportiva: Nike, Adidas. Este “habitus”, en términos de Bourdieu, es decir la reproducción de caracteres de clase, vocabulario, vestimenta, ademanes, suelen corresponderse con prácticas similares en las ciudades que superan el millón de habitantes: Gran Buenos Aires, Gran Córdoba, Gran Rosario.

“Policías en acción”, “La Liga” y “Cárceles” son los programas de televisión preferidos. Se desconocen las ofertas de la televisión satelital y del cable. Un 30% sugiere que elige pasar el tiempo con amigos desinteresándose de ese entretenimiento.

Cómo puede observarse, esta subcultura ciudadana, se constituye con códigos y patrones que no desentonan con registros de otras localidades nacionales. La sociogénesis se construye entre las redes de sociabilidad, el espacio público (Plaza, Parque, barrio),  y la bailanta. Este estilo subcultural con sus propias representaciones
simbólicas representan tensiones contrahegemónicas y opciones de clase.


Roberto Leonardi



jueves, 22 de diciembre de 2011

Espejo

Una imagen cadavérica
dibuja una sonrisa
se observa distante
pensándose 
¿ Soy tal cual me veo en el espejo? 
Se critica
se detesta
No hay lugar para el amor en ella 
no hay lugar para la belleza 
(Quasimodo) 
Solo su reflejo en el cristal
y un sinfín de sensaciones 
solo su reflejo en el cristal 
desintegrándose.
Una sombra, la de ella.
Una vela muriendo en la oscura habitación...
Angustia de ser y una sonrisa asimétrica
contemplándose en el vacío de las horas:
 soy yo, soy ella,
la imagen que se observa.

Annette Leonardi

Llevaría


Un termo con té de peperina 
café molido
un disco de Edith Piaf
un disco de Massive Attack 
un pañuelo coral de seda
una cámara de fotos
un anotador pequeño 
crayones 
un anotador grande
el Pesa-nervios de Artaud 
poemas de Alejandra Pizarnik 
y una frazada para mirar las estrellas

Annette Leonardi

Encierro real


Mundo gris
donde el aire es turbio
las palabras no crecen
el espanto penetra las pupilas y la carne 
donde la creación no fluye
y se siente la desesperación 

Annette Leonardi

Entre Patti Smith y Sinnead O` Connor

Esculpiendo la mentira
demorando la verdad
transgrediendo mi ser
miserable ser que engaña 
creyéndose importante
cuando en verdad es una larva 
sinvergüenza 
pasiva,  muere en el instante de nacer
taquicardia venenosa
poderosa mierda

Annette Leonardi

Vacuidad


Miro hacia dentro
Nada hay
Mi alma se incendia
Sangro.

No comprendo
Solo sé que lo inevitable se acerca
No tengo dios
No creo en mí
La vacuidad me alimenta
La soledad se proyecta.


Horas siniestras
sin esperanza.


<< Al final, ¿ que importa más: vivir o saber que se está viviendo?
Clarice Lispector.

Annete Leonardi