miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Médico En Los Bajos


Otoño de 1959, La Gallareta, Santa Fe.


El Ford Mercury negro, con volante a la derecha, recorre el camino central, compuesto por moléculas de sales y limos, una nube blanquecina acompaña su desplazamiento. El monte es cerrado, en determinados sectores no se localizan alambrados. Los jotes cabeza amarilla se inquietan a su paso.
El palmeral se divisa. También la laguna. Los tres hombres conversan animadamente.
Una mezcla de español y alemán. Buscan pájaros exóticos. Aves difíciles de observar.
Rudolf, el conductor, desacelera y penetra rompiendo arbustos en el camino lateral que se dirige al sector lacustre. Tienen botas negras, altas, para cabalgar y sacones de cuero marrón oscuro. Prismáticos, escopetas del doce y revólveres treinta y ocho.
Buscan carpinteros blancos, endémicos, entre el bosque de palmeras yatay. Coinciden que el paisaje tiene similitudes con la sabana africana. Se interesan por aguiluchos colorados y águilas moras. Aseguran con vehemencia que es imprescindible conservar estos lugares.
El otoño está feneciendo y las heladas agredieron las gramíneas tornándolas amarillentas y quebradizas. Crujen por el paso acelerado de Rudolf, Eduardo y el médico. A pesar del vuelo de perdices y martinetas, en el monte cercano, las armas no se utilizan. En estos parajes solitarios no son una carga inútil. Los paisanos montan caballos flacos y tienen en sus espaldas largos facones y revólveres Smith and Wesson, que les vendían  los guardianes de “La Forestal”. Suelen ser desconfiados con extranjeros y forasteros.
El médico, observador agudo, les relata a sus compañeros que la salud de los hombres está afectada, son jóvenes y desdentados. Con piel arrugada y enjutos. Probablemente, muy parasitados. La tierra les quita más de lo que provee, sonríe irónicamente.     
Además, Eduardo, con acentuación monacal, afirma que son ladinos e hieráticos. Pueden ante cualquier mirada rasgada desenfundar el cuchillo de monte.
A propósito, expone el médico, son “dagas” muy diferentes a las usadas por la infantería alemana.
Reflexionan acerca de la resistencia física de los lugareños, el médico cree que pueden soportar acciones muy inclementes. Con adiestramiento formarían pelotones recios. Es necesario enseñarles a comer y adentrarlos en algunas cuestiones militares.
Exultantes, se olvidan que la tardecita avanza. Regresan. El Ford oscuro está rodeado de cabras y algunas ovejas. Enfilan hacia la profundidad del monte.
Lucecitas muy tenues marcan la entrada de La Gallareta. Una chimenea alta es la modernidad. Casitas de adobe muy bajas. Humos que se desplazan hacia el este.
Rudolf complace al médico, los británicos no supieron dominar al criollaje, les faltó talento y fuerza para disciplinar los hacheros y la elite corrupta. Eduardo confirma, los ingleses sólo sobresalen en las finanzas.
El médico, enfáticamente, explícita que debieran colocar un cartel que luzca la frase: “Arbeit macht Frei” (“el trabajo trae la felicidad”). Todos ríen antes de bajar del auto.
Las calles carecen de luces. Garabatos e itínes dan sombra en las veredas.
Eduardo explica que son corrientes las erupciones de tipo tifoideo. Recuerdan viejos tiempos. Rudolf promete mostrarle una casa muy peculiar.
Cuando entran en un improvisado hospital de campaña, saludan al médico local y piden ver a la jovencita. Atentamente, orgulloso, Santoro, el médico generalista, mayor del Ejército Argentino, aduce que su encuentro con la niña fue en el quebrachal, atendiendo obrajeros paraguayos y correntinos.
El médico quedó fascinado, de rasgos aindiados, Estelita la bautizaron, de estatura media, y con ropas pálidas, presentaba una úlcera facial gangrenosa. Es “noma” gritó en alemán. “Sé cómo tratarla”.
Con energía, el médico ordenó, en un precario español: “use sulfamidas y una batería de vitaminas”. Helmut, el médico, trastrocó su rostro, sus ojos azules estaban petrificados, adheridos al cuerpo de Estelita. Diestro con el español, Rudolf conversa con Santoro. Eduardo y Helmut están mudos.
Luego, Helmut asevera que vende maquinarias agrícolas y que pronto viajará a Paraguay y Brasil. Tiene la representación de una firma alemana. Se dirigieron a una pensión, construida por la empresa inglesa. Helmut o Josef está acostumbrado a la precariedad. Camas deterioradas o simplemente catres. Hace un lustro que reflexiona sobre filosofía e historia.
Bajo una débil lamparita, Helmut, con un discurso magistral, profetiza el futuro de Sudamérica, cercada por los norteamericanos. Eduardo, Rudolf y un terrateniente alemán, Carlos, momificados, expresan su acuerdo. Mientras Wiesenthal, nos persigue, esgrime Rudolf, los norteamericanos nos contactan y protegen. Eduardo confirma que la inteligencia israelí es la fuerza más tenaz.
Carlos, cincuentón, con grasa sobrante, los invita el próximo sábado, a su estancia, recientemente adquirida a  los descendientes del Barón de Erlanger. Eso sí, se compromete en preparar la cacería del venado o “guazuncho” del monte. Pero Helmut o Josef mueve la cabeza displicentemente, su pensamiento transita el cuerpo de Estelita.
Es la presión de densos recuerdos. De nieve, laboratorios, ferrocarriles y centenares y centenares de jóvenes bonitas. De órdenes y de muerte.
Después de cenar, conversan animadamente sobre la triste división alemana. Critican severamente a los políticos soviéticos, para Josef, no pasaron el estadio de campesinos semianalfabetos. Jamás gobernarán la totalidad de nuestro lebesraum. Los compañeros asientan convencidos.
Más tarde, Josef vuelve a su lectura habitual, Dante y Heidegger.
En el camastro relee tranquilamente, mientras lechuzas curiosas vuelan de poste en poste. La noche deja ver miles de estrellas.
Josef Mengele, el “Angel de la Muerte”, se adormece con sus libros en una fría noche de mayo. Rudolf y Eduardo intercambian ideas sobre el pobre mundo americanizado.

R. L.

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