miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Ayudante De Cocina

G. mira como siempre el  canal de Suez, esa obra decimonónica no deja de impresionarlo. El barco parasitado por containers, pintados con logos de varias empresas alemanas, transportan sobre cubierta bienes de capital.
En el Rojo observa la orilla izquierda, con binoculares de 25 x 50. Arena y montículos rocosos donde sobresalen óxidos de hierro y sílice. Hacia el este aparece una barrera montañosa de colores ocre.
G. tiene dos horas libres. Como en el desierto tiene un camino estipulado, por dónde puede movilizarse. Luego lo espera la tarea de la cocina: hoy, preparar calamares y pastas. La tripulación no supera la cincuentena.
El capitán es un tosco noruego. Sus compañeros senegaleses, turcos, hindúes, filipinos, moldavos, españoles y rusos.
G. se graduó con máximos honores en la Bocconi. Pero es ayudante de cocina.
Con la proa hacia el sur una enorme estela blanco-lechosa se desliza hacia los otros barcos de cargas. El Golfo de Adén es una región con denso tránsito y con encontrados intereses geopolíticos.
G. en esa suerte de coy,  estirando las piernas y con un MP6 encendido, mira al filipino, un tipejo extraño y con sistemáticas actitudes violentas. La desconfianza es una buena consejera. El filipino intentó semanas atrás violar, cuando dormía, a su vecino moldavo.
El filipino siempre lo observa con ojos inyectados en una espesa cuenca sanguinolenta.
Hace doce meses (2008) que G. finalizó un máster en Waggenigen, Holanda.
La cubierta quema al penetrar desafiante en el Índico.
G. hace dos noches que no descansa. El filipino lo desafía en los corredores cuando holgazanea. Ayer lo empujó deliberadamente. Vociferó rápidas palabras en español.
G. observó que en la cintura tiene una navaja. Al filipino lo llaman Isidoro o Isidor.
La noche con estrellas fugaces.
G. se relaja con el MP6. Preparar ensaladas lo agotó. No importa que algunos gusanitos pasaran entre la rúcula y los rábanos. Ha notado que el siniestro filipino conversa a menudo con Hanukken, el capitán. Y la labor de Isidoro consiste en limpiar la cubierta, los baños, habitáculos. Hanukken tiene mal talante.
El idioma de la tripulación es el inglés. Los rusos y turcos son parcos y con una dicción espantosa. Los hindúes se expresan correctamente.
G. italiano, habla y escribe inglés y español. G. cree religiosamente en su secreta misión. Pero tiene dudas. Sospechas. El capitán, el filipino, y los senegaleses perturban su reflexión.
El barco es sereno. El movimiento es tenue y permite dormir placenteramente. Un monstruo de trescientas mil toneladas que abre el agua mostrando una estética posmoderna.
Faltan ciento cincuenta millas para llegar a la costa somalí. Esa tierra de arenas blancas y pescadores sin dientes. No proliferan nubes. La temporada del monzón es embrionaria, todavía.
Hanukken recibe a G. en su oficina. Nota que ha leído a Arturo Pérez Reverte, “La carta esférica”. Una edición alemana. Hanukken con voz alta y en inglés le espeta que su trabajo no es bueno. Ayer retiró de su lengua un gusano blanco-rosado. Debe de tener más cuidado si desea la renovación del contrato.
La mirada de Hanukken es muy incisiva, casi maléfica. Una señal que G. asume rápidamente. El segundo oficial le acompaña por estribor, es un español simpático que gusta de Florencia.
Esa noche un miedo paralizante, después de un sueño con cocodrilos nilóticos, lo lleva a cubierta. Necesita bajar a la bodega, a la zona estrictamente prohibida.
“Hannover”, el nuevo animal de los mares, se acerca a la costa somalí.
El celular como linterna es una herramienta útil. Baja un par de escaleras. Lentamente. Se oyen las olas que golpean el casco. Silencio. G. siente una certera conmoción en el tórax. Debe bajar por tres incómodas escaleritas. Esta lejos del prohibido vientre profundo.
Está muy cerca de descubrir lo que el doctor en ciencias, Gagger, su director de tesis confirmó entre dientes.
Transpira, pasa los dedos pegajosos en la camisa caqui. Hacia la izquierda aparecen borrosamente, un conjunto de contenedores. Recuerda los ojos de Hanukken y el filipino. Mal momento para pensar en esas cuencas.
El estómago es un nudo de haces. Un dolor punzante atraviesa el fin del esternón. Percibe ruidos desde la bodega. No sabe identificarlos. Al llegar a la plataforma apaga el teléfono-linternita. Se acuesta y percibe un lacerante olor a aceite quemado. No puede resistir vapores tan ácidos.
Cree que se acerca el momento tan esperado. G. es un cazador en la modernidad etérea. Hace once meses que busca localizar su presa.
Contiene la respiración y el deslizamiento de flatulencias.
De repente, luces de gran intensidad iluminan la entrada al sector. ¿Cómo se prendieron?    
El segundo oficial, el hombre que ama Toscana, lo observa desde el flanco derecho. G. se incorpora, se acerca con una tenue sonrisa, el español camina y lo saluda cordialmente. Al acercarse, el simpático oficial, muestra una beretta 9 con silenciador. Dispara tres veces.
Esa mañana, el “Hannover”, a una milla de la costa, expulsa hacia viejas barcazas despintadas  detritus de color violáceo. Son pequeños eco-containers con residuos radiactivos, otros con metales pesados y dioxina. Deshechos del septentrión europeo que esa tarde máquinas y pescadores somalíes enterrarán cerca de una pintoresca villa.
Dos semanas más tarde, la prensa italiana da cuenta de la extraña desaparición de un novel sociólogo especializado en temas ambientales.  

R .L.

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