miércoles, 14 de diciembre de 2011

Zeké, La Campesína

Cuándo el sol, una rueda abrasiva despunta, Zeké, prepara mandioca y banana en la vivienda que tiene aberturas, pero carece de puertas.
El huerto cercano es denso. Gansos se entretienen entre plátanos y arbustos.
Zeké piensa en la noche. Es temprano, pero la memoria no da tregua. La noche, con una luna despareja, siempre entreteje ideas en Zeké.
Mientras barre la tierra roja, con una escoba de hojas del árbol del pan, escupe entre los dientes un amasijo de fibra de coco. La aldea creció rápido como un gusano en una herida reciente.
El desmonte no cesa, y los caterpillares remueven mantillo y una masa rojiza-parda. Los troncos gruesos y largos se van rumbo al puerto sobre el río Niger.
Zeké, no descansa, camina por lo que quedó de la selva y afanosamente busca ramas y tronquitos. No tiene miedo de algunos baranos que se esconden entre las rocas, ni de la mamba que repta cerca del arroyuelo. Las vecinas y forasteros en aumento, merodean todo el día, caminan, recorren la corteza herida, se entretienen indagando la piel rasgada que da pocos frutos.
Busca agua, el arroyo es generoso. Zeké intercambia palabras con Mika, su amiga, ríen.
Hablan de los hombres zancudos que llegaron de no saben que lugar. Son altos y con dientes muy afilados. Miran con punzante profundidad.
Zeké vuelve sobre sus pensamientos. Volcó agua. La noche se presenta en la ardiente tarde, el sol no puede contener la incertidumbre de la joven. Nubes díscolas desafían los penetrantes rayos.
Oscurece de pronto. Zeké observa el cielo, es una simple nube, piensa.
Faltan horas para la tarde-noche. Hay que carpir, subir la leña, hacer las tortitas de maíz y acompañar a los hermanitos al arroyo.
El arroyito no está lejos, piensa. Le duele la espalda de tanto carpir, las malezas crecen de la noche a la mañana.
Y los hombres zancudos, merodean.
Piensa que debe comer menos. Aunque el hambre la persigue. Quiere dilatar el tiempo. Desea seleccionar algunos alimentos.
Zeké está segura que el maíz provoca su angustia.
La delicia del maíz la conmueve. En todas sus formas, dulce y también más amargo y metálico.
Es alta, negra y con pechos turgentes. Viste una larga túnica de infinitos colores.
Mira el sol que lentamente agota su energía. Su cabeza, su tierna cabeza, comienza a pendular, mientras acomoda leña en la vivienda. Recibe los espasmos a la misma hora, cuando el ejército de jejenes despliega su fuerza.
Piensa que el maíz provoca esas insidiosas contracciones o tal vez, la inconfundible y penetrante mirada de los hombres zancudos. No sabe.
Esos hombres extraños se instalaron en el bosque quemado y manejan enormes máquinas.
Pero la noche, la profunda noche africana se extiende sobre la tierra violada.
El padre murió de oncocercosis hace meses. Esta sola con sus cuatro hermanos.
Y los dolores punzantes son sismos en su carne. Las manos rugosas le tiemblan cuando los grandes pájaros patilargos vuelan hacia los árboles de pan.
El abdomen se contrae y convulsiona. Se sienta y espera. Ahora son los pies que transpiran. Agita la ramita para ahuyentar insectos, moscas y arañuelas. Se toca el vientre y sabe que no puede esperar más.
Mira las estrellas que viajan a través de los intersticios de las palmas que es el techo más seguro. Piensa si cocinará otra vez maíz. Retortijones inguinales aceleran el pulso. Gira en círculos levantando polvo.
Dos hermanitos imitan sus pasos.
Debe salir, debe caminar trescientos metros para hacerlo. Tiene que vencer el miedo.
Jura que no volverá a mirar los ojos negros azulados de los hombres zancudos.
Quiere que esta tortura se dilate, que suceda cada tres o cuatro días.
Sabe que los elefantes se divierten por allí. También las panteras. Se alejaron pero desde ayer afilan las uñas en los troncos derribados.
Y están los hombres zancudos.
Y los nuevos vecinos. Hombres sin piedad.
Corre. Tropieza. Observa el lugar de siempre. La acompaña la luna y sus tres perros.
Una sonora flatulencia desinhibe el terror. Sus ojos pequeños no dejan lugar sin escrutar.
Repentinamente se tranquiliza. Cree que mañana no comerá maíz.
Un alivio, un enorme regocijo se levanta desde las entrañas. No esfuerza una tenue sonrisa.
Todo terminó. Corre. Corre. La vigilan ojos redondos, otros alargados y rojizos.
 Faltan cien metros. Están los viejos troncos, arbustos y el árbol encantado. Y sí, de allí surgen los guerreros vestidos con ropajes verdes y armas en sus espaldas. La rodean conjuntamente con los hombres zancudos.
El hombre más viejo le grita y le tiende la mano. La empujan. Un soldadito dispara a los perros. Lo que queda de la selva responde con un eco ronco.

R. L.

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