miércoles, 14 de diciembre de 2011

Ausencias


El desconcierto es totalitario. La aldea pierde su cotidiana abulia. Una convulsión abrasiva despierta temores ancestrales.
Las mujeres parlotean sin tregua. La selva colombiana rodea el caserío. Ocho  niños se han perdido entre raigones, ramas y malezas.
Pueden ser presas de los irascibles pecaríes. Cierto día le comieron el culo a Juancho, el escobero. O los jaguares que siempre recorren el río.
En el pantano cercano las anacondas, de cientoveinte kilos, suelen atragantarse con flacos terneros.
O las guerrillas de aquí, que roban los vástagos para adiestrarlos con cuchillos enormes.
Nadie sabe.
Los Chacojes, Jaramillos, Juntas y Apuelos, no tienen respuestas. Sus críos no están.
Lo buscaron de día, por todos los rincones, de noche con ayuda de los guardias rurales. Nada.
Pasaron tres días y noches. El enfermero de la aldea vecina se acercó al poblado y explicó su teoría.

-         Son los gringos, los soldados norteamericanos, esos los han robado para sacarle carne a los comunistas. Los han llevado a los cuarteles, para adiestrarlos. Niños de diez años son buenazos con las armas… con entrenamiento, pues.
-         Pues, pues…no creo en eso. Jamás vimos gringos por aquí, ni cerca. Responde el papá Chacoj.
-         Dónde están los cuarteles…?
-         Pero, están los gringos, están y son cada vez más. Afirma, Ramón, el enfermero.
-         Necesitamos ir a la ciudad, para contarle al gobierno…
-         Si, tal vez…pero es difícil. Hice mi estudio en la ciudad y allí no te atienden, si no tienes algún amigo…allí en lo alto.

Los Jaramillos y Juntas fueron a la ciudad, y expusieron su problema al diario y a la primera Central Policial. Regresaron con promesas. Que las fuerzas investigarían, que el Ejército miraría desde el cielo y que los periodistas indagarían a contactos de izquierda y derechas. Hasta llegarían a los gringos, pues conocían a un teniente coronel de la Fuerza Aérea.
Pero los niños no regresaron. La angustia se expandía y la esperanza adelgazaba.
La familia Apuelo buscó refugio en la Iglesia. El Padre Atencio, les brindó cobijo y les explicó, que el “caso” era raro, que no encontraron pistas. Atencio se comunicó con el Obispado y no obtuvo respuestas concretas. Rezar era la vía vigorosa.
-         Los niños no tenían relación con extraños, con los marxistas-comunistas de la otra zona?
-         Por Dios, por Dios…no, no, imposible. Pedro y los amigos nunca salieron de aquí.

Los narcos secuestran para que los niñitos trabajen en la recolección de hojas de coca. Comenta el Padre Atencio. Son demonios, a los que les faltan la cola y los cuernos. Pero, cuidado, cierta tarde mi auxiliar vio uno de ellos, con una colita que apenas le salía del pantalón.

Cuarto día. Sin novedades. Los maestros, jefe comunal y padres deciden contratar a unos baqueanos, del bananal, para encontrar pistas. Hechos.

A dos horas de viaje de Saravena, una de las urbes más violentas de Colombia, el poblado es sobrevolado por un Cessna del Ejército. La esperanza se reproduce.

A la tarde una adolescente vestida de blanco llega a lo de Jaramillo. Son casas de adobe, bajas, algunas desconchadas, pintadas de rosa o verde. El piso es de tierra.
La adolescente, baja y rechoncha conversa rápido. Asegura que los chiquillos fueron llevados por el curandero, el que vive rodeado  de cabras y gallos; que atiende día y noche solucionando males de todo tipo.

-         Es maligno y maldito. Afirma la gordita. Tiene poderes enormes y puede vender los chicos a los contrabandistas que lo llevan a Venezuela o Brasil.

Los papás Jaramillo encuentran una pista. Un hilo que viene de la jovencita, guiará a los baqueanos por la senda del este. La usada por los contrabandistas de personas, drogas y armas.
Reunido el comité de padres impulsan el rastreo por el este, donde el bosque es denso, los senderos desaparecen.

Una comitiva armada con machetes y revólveres del 38 rodea la vivienda del curandero. Gritan obscenidades. Arrojan palos y piedras contra la puerta. Bajo y barrigón, el curandero responde, desde la casa. No tiene idea que ha sucedido. Le informó un cliente de la ausencia.
Pero, intuye lo acontecido. Grita. Brama. Se acerca a la ventana y desgrana ideas.
Dos disparos al techo desparraman hojas de palma.

-         No son los contrabandistas…ni los terroristas, ni el Ejército, ni siquiera los plantadores de coca. Son otros, extraños. Esos tipos que vienen del cielo….
-         Quemen la casa….quemen todo…

El fuego comienza con los troncos resecos y sigue por el techado de palma.
La comitiva y los baqueanos siguen hacia el este. El sol de la mañana, ya se acerca al cenit.
El curandero corre hacia el río. La comitiva se interna en la zona de árboles altos.

La otra comisión, que viajó a Saravena, el jefe político, los maestros y los papás Chacoj, se contactó con el concejal del Partido Liberal. Las cinco niñas y los tres pequeños eran buenos alumnos, aplicados, de familias laboriosas. No hay dudas, el rapto está relacionado al comercio de jovencitas. La venden a los árabes, las trasladan desde Senegal al oriente. Es la esclavitud. Hasta europeos del este, las compran y las entregan en Israel, para alimentar los prostíbulos de Tel Aviv.
El concejal concluye que los fundamentalistas de Hamas y Hezbollah, salen de la isla Margarita, con el aval del socialista despótico.
Tal vez, ahora están cruzando el Atlántico.
Encerrados y esposados.
Los niños limpiando los baños.
Hay que hablar con los gringos. Sus aparatos encuentran todo.
También, cavila, el concejal, los narco-comunistas de las Farc, necesitan gente para adiestrar. Han perdido adherentes.

Siguen los dos baqueanos y los Jaramillos por sobre los arbustos, el mantillo, con machetes marcando la senda. Sudados y arañados.
Los Apuelos, papá y mamá, están sentados, acariciando el rosario, en el dormitorio de los hijitos. Hace horas que rezan junto a vecinas solícitas.
Los Chacojes, en la ciudad, quieren llegar hasta el gobernador.
Los Jaramillos, caminan en la jungla. Los Juntas no han salido de su patio, han construido un altar con ladrillos viejos y colocaron a la Virgen de Guadalupe, en el extremo superior. Se comunican con los Chacojes con teléfonos celulares.

El diario “Tiempo” de Arauca, publicó el 30 de agosto de 2010 un escueto título en la página cinco: “Ocho niños extraviados en la selva. La búsqueda es intensa”.
En los bordes, las noticias que comprometen al campesinado son cercenadas, cambiadas, atenuadas. Las noticias se generan en el oeste, en Bogotá, Medellín.

Ha llegado la noche. Los Jaramillos hicieron un vivac en el monte. El curandero recoge adobe ennegrecido y maldice a las estrellas.
Los Apuelos comen aguacate sin separarse del rosario.
Suena el teléfono de los Juntas. Es la policía del distrito. El comisario informa que han encontrado vestidos y zapatillas hacia el oeste.

En ese momento, una comunicación telefónica entre Roma y Hamburgo asegura que el objetivo se cumplió. El mensaje llegó de Bogotá vía Roma.

Los Jaramillos se enemistaron con los Juntas y Apuelos. En la extremidad de la selva gritan:
-         Son cobardes, no tiene cojones, mierda. Se han encerrado rezando…
-         Siempre han tenido miedo. Afirma el baqueano más alto.
-         Cuándo los despidieron del bananal, por la huelga, regresaron a pedirle perdón al capataz. A ese mal nacido.
-         Además, el hijo mayor de los Juntas es policía. Apunta Jaramillo.

Otro comunicado entre Hamburgo y Londres, confirma que la mercancía partió de Arauca y ya está en el lugar previsto de Europa central.

El matrimonio Juntas, de la mano, ruega a la virgencita, para que ellos  se encuentren bien. La noticia policial desalienta.
Los Chacojes viajaban mirando por la ventana del bus. No hablan.
Quinto día. Un sol abrasador no puede colarse por el techo verde oscuro de la selva. Los baqueanos no encontraron rastros. Los Jaramillos regresan pateando ramas y rocas.

La Fuerza Aérea encontró hacia el oeste, muy al oeste del poblado, en un lugar donde un río caudaloso labra una curva desproporcionada, a los niñitos-adolescentes.
Era un control aéreo rutinario, buscando guerrilleros y contrabandistas.
El helicóptero Chinook, esa enorme libélula, a baja altura, reconoció el grupo.

El cuartel policial llamó a los Juntas. Relató lo observado por el comodoro Ramírez.

  Esa noche el Comodoro Ramírez no pudo dormir. Ni la noche siguiente. Ni la semana de descanso. Viajó a la Brigada XX. Se internó en el hospital.

Cierto alivio llegó, como un viento refrescante, al mes, después de sesionar con Lorena, la teniente-psicóloga.

Desde aquel luminoso día, el pueblo cambió. Varias familias dejaron de hablarse. Otras se mudaron, lejos, tal vez a Arauca. Ni  viajeros errantes llegaban al lugar.
La prensa nacional silenció el hecho.
De “eso” no se habló en la capital, ni en las ciudades del café, ni en la isla San Andrés.
No se encontraron registros en las fuerzas de seguridad, ni en el Ejército, ni en la Aviación.
A veces los gringos que asisten al Ejército colombiano, hacen referencia de lo acontecido.
Las vibraciones del caso no llegaron hasta los periodistas de investigación.

Sólo el comodoro Ramírez, copilotos y paramédicos reconstruyeron el cuadro. Todos los chiquitos asesinados. Eviscerados rápidamente. Despanzurrados. Abiertos y sus órganos cercenados. Mutilados. No  tenían hígado.
El comercio de órganos parece ser otro negocio en la frontera lejana.

Los asesores de inteligencia, norteamericanos, aseguraron a un periodista egresado de la Universidad de Connecticut, un sobrio analista de viajes y lugares, que un hígado de los Chacoj, Jaramillo, o Juntas salvó la vida del hijo más pequeño de un industrial aeronáutico-espacial europeo.

Roberto Leonardi

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