Dónde el camino tuerce y el cerro aparece con sus tonalidades rojizas, los óxidos de hierro y manganeso abundan, dónde los álamos y salicáceas muestran sus famélicas formas, dónde el arroyo es más rápido; allí está la casa. La casita. De rocas plutónicas, gabbro y granito. El barro en los intersticios, y las aberturas bajas le imprimen un aspecto naif. Un cardón y la vetusta queñoa cuidan los flancos.
El camino hacia la huerta está gastado, la roca aflora, arañada, como por un gigantesco glaciar. Más allá, los maíces, petisos, tres variedades, que los ancestros incas, cuidaron con esmero. Son hombres bajos, rudos, con manos rugosas y dedos cortos. Uñas chatas, ojos achinados. Ropa colorida.
Cerca de Potosí, la casita ha sido hábitat de varias generaciones de bolivianos. Todos agricultores. Todos campesinos sin tierras. Juan Anaico, fue el joven que inició la primera marcha hacia la tierra pegajosa, esponjosa, orgánica. Juan, abuelo, fue el precursor. Un emergente de esa silenciosa migración.
En 1973, en Monte Vera se estableció. En 2004 a los setenta y cinco regresó a la casita del cerrito. Volvió a cultivar el maíz azulado.
Cuándo el periodista del diario más leído de La Paz, lo consultó, Juan comentó sus recuerdos de Santa Fe.
- Nunca dormí siesta. Entre las doce y más adelante, recorría el campito, sacaba los yuyitos con el escardillo. El patrón lo sabía. Trabajaba igual que el abuelo, sin reloj, de la salida del sol hasta que se escondía, allí, lejos de la laguna, en el sentido opuesto.
Me gustaba cultivar lechuga, repollos, pero los zapallitos y los tomates resultaban mejores. Un trabajito muy cuidadoso.
No recuerdo el año, pero compré materiales y así logre salir de peón. Lenarduzzi, el propietario, llamaba a esa situación, trabajo aparcero, creo.
A los cinco años y siete meses, eso si me acuerdo bien, arrendé la propiedad de don Pedro. Pasaron cuatro años más, y don Lenarduzzi murió. La viuda, era buenita, me vendió las tres hectáreas. Mis hijos y yernos se mudaron a la propiedad. Vendíamos al mercado de Santa Fe.
Rolando era mi hijo más trabajador. No usábamos reloj, igual que su bisabuelo, arañaba la tierra todo el santo día, ahí, nomás. El pobre santito, miraba el suelo todo, todo el día. No afloraba un yuyito que él lo sacaba, cuidaba los tomates, hasta sabía cuando maduraban, pobrecito. Conocía todos los bichitos de la tierra, cuándo esos gusanos blancos aparecían y bueno….pobrecito. A la tardecita, bien a la tardecita, se acercaba al cañaveral, y el pobrecito, allí rezaba un buen rato. Le pedía a su santito que no lo abandone, que ayude a su papito en la siembra.
Ud. Sabe, que allí hace calor y mucho. Hay días que el cielo se oscurece mucho, mucho, y sabe, es mediodía. Puchita, que luego, parece que este mundo desaparece, puchita, luego, pueden caer pedriscos y llevarse todo nuestro esfuerzo, de meses.
Sabe usted, que por primera vez los Anaico tuvimos tierra propia y muy lejitos de nuestro cerro. Una tierra rica, muy negra. Tendría que verla, no lo creería. Una tierrita donde viene todo, todito. El maíz, sabe, la chalita larga que tiene.
Sabe usted, un día apareció la Chuni, con la cabellera bien larga, y el pobrecito del Rolando quedó torcidito de amor. Se llevaba la fotito de ella, junto con el escardillito, el día que compramos el tratorcito, y aprendió a manejarlo, la buscaba a su casa. Sabía que se iría…y prontito…
Un sol enorme cuece las queñoas de cerro. Algunos camélidos ramonean no muy lejos de allí.
-Sabe usted que nos iba muy bien, allí nos decían bolitas, bolitas de mierda. Io nunca le hice caso. Io sólo trabajaba.
Nos iba bien, bien. Con los tomates peritas. Con la berenjena. Con todo. La berenjena nos daba muchito dinero y se necesitaba poco para iniciar el cultivo. Lo mismo con los zapallitos. Llegamos a tener un puesto en el mercado de las verduras, allí a la entrada de Santa Fe.
La Chuni era de aquí, ve allí, en ese lugar, de esa casa, con la puerta de color azul.
Y así fue nomás.
Si, señor, así fue nomás.
El tratorcito era lo mejor que tuvimos. Era del año 1975. Pero andaba bien.
Rolandito siempre lo manejaba para acarrear y llevar con el acopladito. Rolandito y la Chuni hablaban poco. Pero usted, vio, se querían, uno lo miraba y, bueno.
Y así fue nomás. Me entiende usted.
Nunca supe que pasó.
- ¿Por qué? apunta el periodista paceño.
- No sé…No nos explicaron. Allí nadie explica.
- Pero, las autoridades?
- Sabe usted, allí somos extranjeros.
La tarde extremadamente calurosa. Días con un sol tiránico. El rojo abraza el horizonte. Polvo en el ambiente. Los alérgenos se desplazan entre las quintas y la ciudad.
Amanece y la tierra pierde la poca humedad que tiene.
Enero santafesino. Quince días sin nubes.
Los meteorólogos aducen que la corriente “jet stream” es la culpable, que su velocidad en la alta troposfera y su rápido descenso hacia la superficie, no permiten la formación de nubes.
Que el jet stream se movilizó de la zona subtropical a la latitud de 30 grados sur. Que es un problema de subsidencia. Es la “Niña”.
Esa tarde el calor no tenía límites. Una célula anticiclónica, dirección sur-suroeste arribará a la tardecita.
Rolandito y Chuni, se habían mudado hacía dos meses, a la quinta cercana. Trabajaron en la recolección de tomates peritas. El precio había mejorado.
Hacia las diecinueve, la nubosidad se levanta en el poniente.
A las dos horas, la lluvia golpea furiosamente.
A las veintidos están durmiendo.
A las venticuatro los perros gritan con gran esmero.
A las venticuatro y veinte, Rolandito se levanta.
Abre la puerta, donde tenía acumulado los tachos de agroquímicos.
A las veintecuatro y treinta, Rolandito recibe un empujón, una precisa patada en los genitales lo levanta del suelo.
A las veinticuatro y cuarenta, penetran en la vivienda, Rolando yace en el suelo, Chuni, grita sin suerte. Un golpe del talero en la cara, con tal violencia le saca el ojo de la cuenca ocular derecha.
Arrastran al joven a la cocina. Los tres ríen y le escupen la cara, el Colorado, le orina la boca; el Pelilargo con una aguda faca, deposita sus heces en el mesón. El Jefe, de pelo corto, camiseta de Colón y pantalón de baño, le abre el cráneo con un hacha chiquita, de esas para cortar leños.
A las dos de la madrugada, los perros siguen gritando.
Una tenue llovizna lava los tachos de herbicidas.
Se avecina una mañana fresca, tal vez.
Roberto Leonardi
No hay comentarios:
Publicar un comentario