Sonó el celular cuándo besaba los pechos. Maldijo. Le avisaban que su madre estaba internada en el
sanatorio local. Dalila, su mujer, sabía de las actitudes extrañas de Rodolfo.
Subió al C4 y partió. Lo esperaba el cirujano en la salita pequeña.
Hay que operar de urgencia. El bloqueo es notable, está drenando. Posiblemente, veremos luego, un adenocarcinoma haya provocado el desequilibrio. Rodolfo oía.
-Tiene ascitis exacerbada. No sé cómo tu madre pudo resistir.
- Estaba más flaca, nada más.
- No quiero ponerte mal, pero sugiero que es un cáncer primario en colon, muy avanzado. Y a los 76 es cuasi irreversible.
Rodolfo modifica su cara, lleno de ira.
-No puede ser, no puede ser…con todos los problemas que tengo.
-Es así, Rodolfo, te aprecio por eso lo comento, no podemos perder más tiempo.
A la hora 11 comenzó la operación. Iluminación nueva, los cirujanos y las enfermeras giran alrededor del paciente. Estaqueado. La anciana desnuda es una masa sanguinolenta, las entrañas cuelgan del abdomen. El experto cirujano corta más de treinta centímetros de intestino. Modifica la estructura original, con rapidez provoca la construcción de un ano contranatura. El trabajo tiene algo de displicencia. El ano es un pene cercenado.
Rodolfo camina por el largo pasillo.
Dalila lo mira indiferente.
La pareja de médicos-cirujanos abre la doble puerta de la sala. Circunspecto, el cirujano-jefe asevera:
-Lo lamento Rodolfo, pero como te anticipé la metástasis comprometió todos los tejidos y como típico cáncer de colon, avanzó al hígado y los pulmones. No resistirá más de tres meses.
-¿Cómo?...qué?
- Te muestro la parte que le extrajimos?
- No, no…
El teléfono celular llama insistentemente. Carmen, la madre de Rodolfo, dormita.
- Otro vez, vos… tarado…ya le observé al gerente del Galicia que transfiera ese dinero, al Boston, Santa Fe. Los ochenta mil dólares pasaron como préstamos a la metalúrgica, al carnicero y a la mutual y el resto al Boston.
- Quiero el dinero de los intereses, ya.
-Imposible, ha sido transferido en un paquete al Boston. Deposité tus dólares allí.
- Sabes que parte de los intereses te pertenecen, incluidos los de la mutual.
- Son dieciocho mil por mes.
- Sí.
Dalila cuece el entramado de vegetales. Medita. Esa tarde habló con el Juez, su consejero y antiguo vecino. Abelardo, el juez, le aseguró que la transferencia al Boston, Santa Fe, era un paso correcto, centralizar el dinero repartido aquí. Además, se puede depositar off shore, adujo. Y todo a nombre de ambos, Rodolfo y Dali. Los nuevos ochenta mil permitieron acercarse al medio millón de dólares. Este flujo mejoró los puntos de interés y presionó adecuadamente sobre el maleable gerente del Boston.
También, Abelardo comentó con firmeza, que tres pícaros estaban vaciando la mutual, transfiriendo los créditos hacia sus negocios.
En un momento, Dalila, insinuó que Rodolfo, tenía actitudes distantes, tal vez, insolidarias. Y no existía vinculación con la descomposición física de su madre.
La casona albergaba al matrimonio sin hijos. Rodolfo descendientes de judíos polacos, Dalila de alemanes del Volga, radicados en la costa entrerriana. Porcelanato y mármol modificaron la arquitectura original.
Las últimas tres noches habían discutido con irregular violencia. Rodolfo se retiraba a su estudio a escuchar a Theolonius Monk y Bach; de a momentos Peterson, apreciaba sólo a éstos, después del aniquilamiento biológico de su madre.
Dos noches seguidas observó detenidamente “Ojos bien abiertos”, el último trabajo de Kubrick. La prostituta bonita y el sida. La suerte estaba en juego. Dalila siempre distante.
En su profesión, desde los mercaderes de las ciudades-Estado, el azar, la suerte y toda contingencia habían sido altamente gravitantes. Recordaba, irónicamente, que en el Máster en Finanzas, de la Universidad Austral , varios profesores desconocían gran parte de la historia occidental. Algunos creían que todo se originó en Boston o Virginia.
Meditaba.
Se durmió en el sofá.
Lo despertó el teléfono. Nuevamente, Darío, el que vendió la casa de la madre en ochenta mil dólares y jugó a conseguir la tasa de retorno más alta de la región.
-Me debes los intereses del mes pasado. Págame o te encuentro por ahí y te doy un bate por los huevos…
- Pero Darío, paciencia, ya te expliqué que hice una transferencia al Boston, el banco más seguro.
- Entrégame los dieciocho mil, o una parte de los intereses.
-La semana próxima. Te comenté que era una inversión de riesgo, caso contrario lo colocabas en un fondo de inversión, el pool de siembra, que te recomendé, con una tasa de retorno del treinta por ciento en dólares.
Cenaron en el hotel Los Silos. El restaurante, nuevo, en el puerto de Santa Fe. Pescado de mar, rabas, y un vino blanco de bodegas Navarro Correas.
Ella estaba vestida de negro. Ropa de marca, muy ajustada. Tacos altos, muy altos.
-Terminaste la carrera, no?
-Por suerte…
- Biotecnóloga, que bien…
-Sí, pero la idea no me agrada. Lo hice por mi vieja, nada más.
-Profesional, ahora, podes trabajar en forma independiente.
-No es fácil, el mercado es muy competitivo y lo académico no me seduce.
A lo Carlitos Way, empujó la puerta. Avanzó rápido y la tiró en la cama. No alcanzó a derrumbar la bombacha, que una parte había finalizado. Maldijo. Recuperó sus fuerzas y la besó. Le abrió las nalgas y respiró aceleradamente.
El jueves se reunió con Darío. Le explicó con detalle, que el próximo mes, cuándo acceda al plazo fijo del Boston, le devolvía los intereses completos.
- Si me fallas te denuncio, no sé, algo voy a realizar…
-Darío, por favor, no te comportes como paranoico. Llevo diez años en este mercado, sin problemas. Todos confían.
Desde el sábado sentía un inquieto hormigueo en el brazo derecho. Tomó clonazepam. Después de observar a la madre sintió náuseas.
Se derrumbó en el sofá. Llamó a Estelita, la doméstica. Su nombre era un eco entre los muebles de nogal.
-Estela, Estelita…
- Qué necesitas, preguntó Dalila. Sobria, elegante, pollera gris, saco gris. Había comprado el conjunto en el último viaje a Florencia. Amaba aquella ciudad, tanto como a Ivory.
- No estoy bien, me duele el brazo derecho, la mano…el pecho…me da vueltas…
- Oh, …bueno.
-Necesito un médico, no puedo moverme…
Dalila se retiró a su estudio-salón, siguió leyendo La Nación Revista. Oía palabras desde el estar. Movía las hojas muy rápidamente. Siguió con el último libro adquirido: “Gente tóxica”.
Se acercó al teléfono y llamó a Bomberos-Urgencias.
A los seis minutos dos jóvenes vestidos de verde oscuro retiraban un cadáver con ojos color miel, todavía entreabiertos.
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